VERSION – Coronel LISARDO REVOLLE
(MEMORIAS
DEL MARISCAL DEL PERU Don ANDRES A. CACERES – CAMPAÑA DE LA BREÑA – Capítulo VI
de la Pag. 203-214 – publicadas por Zoila Aurora Cáceres)
Sangrar (26 de Junio)
El coronel Lisardo Revollé, ha
publicado la referencia de un testigo que tomó parte en el combate, y que está
conformado con el parte oficial peruano revelador de la realidad de los hechos.
Lima,
Febrero 15 de 1921 – Señora Zoila Aurora Cáceres-Miraflores.
Señora
de mi estimación: - Doy respuesta a su apreciable de ayer,, recibida en la
tarde de hoy, expresándole que el testigo ocular de la acción de armas de
Sángrar fuer el Sr. Solís, persona prestigiosa de Canta y su antiguo Alcalde
Municpal.
Sin otro
particular, quedo de Ud. atento amigo y servidor.
LISARDO
REVOLLE
“Que los chilenos pelaron con
valor, no cabe duda. Prisioneros solamente tuvimos dos o tres, uno de ellos
Sepúlveda- que murió. Escaparon 15 o 20
entre ellos uno o dos oficiales; los demás 70, (pues 70 fue el número de rifles
que tomamos) sucumbieron y muchos de ellos quemados; porque sacados a la
carrera de sus trincheras, se metieron dentro de las casas de paja que hubo que
incendiar, en el fragor del combate, porque de ellas no hacían fuego, como
también se hizo, en todo momento de la “capilla”, cuya techumbre era y creo que
es de zinc. Pero que se sostenga que los chilenos fueron menos de 100 hombres y
que los fuimos 1,000 y tantos y que perdimos más de 100 hombres, además de 11
oficiales, no pasa esta versión de una invención ridícula.
Los peruanos, mejor dicho nuestra fuerza, constaba de dos compañías, o
sea de 70 a 80 hombres del Batallón Vento organizada desde meses antes y que le
había ofrecido al General Cáceres. Lo
formaban dos compañías de 40 hombres más o menos, en su mayor parte canteños,
los que no estábamos acuartelados (entre ellos había varios que como yo, fuimos
contra la voluntad de Vento). La fecha
de combate no pudo precisarla; pero si asegurar que fue del 20 al 25 de Junio
de 1881, y lo recuerdo porque cuando de regreso llegamos a Obrajillo, allí nos
recibieron los restos de la “Chicha de San Juan”. Evidentemente, tuvimos varios muertos y
heridos que los trajimos hasta acá de los que solamente sobrevive uno que está
en Lima. Serían las dos de la tarde de
aquel día en que habiendo pernoctado en “Ocsamachay” y sin comer nada, llegamos
al lugar denominado “Colac” donde nos encontramos con un grupo de diez a doce
hombres, o mejor dicho de soldados chilenos, que según, se dijo por que se tomó
vivo mal herido venían a “rebuscarse” en la estancia de doña Rosa de la Torre,
“Capillayoj”, porque sabían que allí había plata. Ver nosotros al expresado grupo que había
bajado de la cordillera de Lacshagual, camino de Sángrar, y separamos,
instintivamente a los lados, dejando el centro completamente franco, todo fue
uno. Por su mala suerte se colocaron,
sin vernos, dentro de las dos líneas. Se
sintió una descarga de 40 a 50 fusiles y todos, con excepción de uno, que
corrió procurando ganar la altura que habían traído, estaban en tierra
muertos. Se siguió empeñosamente, al
fugitivo, para impedir que fuese a dar aviso de lo que pasaba a sus compañeros
de Sángrar, esto es a una legua de distancia, y se le encontró encogido y
malamente herido al comenzar a bajar el cerro.
Sepúlveda se llamaba éste que, repito, murió. Vento dijo, reuniéndonos: “Basta con lo hecho
ya; pasemos aquí la noche y en la madrugada bajaremos”. “No señor”, se le respondió: “hay tiempo y ahora mismo nos vamos sobre
ellos; sabemos que ahora son 100 y los tomaremos de sorpresa; quizá mañana será
mayor el número y entonces estamos perdidos: Hoy o nunca”. Vento
encogiéndose de hombros, dijo; “hágase
lo que se quiere” y en el acto dividiéndose la fuerza nuevamente, en tres
fracciones, se comenzó a descender del cerro; una parte tomó la derecha, otra
la izquierda y la última el centro. La
marcha se hizo de mucho tiempo y con paso corto, mesurado, para no fatigarse,
pues había que partir a la carrera tan pronto como fuéramos vistos por el
enemigo o estuviésemos a tiro de fusil.
Después de una hora nos encontrábamos a cuatro cuadras más o menos, del
enemigo que hasta ese momento no nos había visto, pero apenas nos apercibió
dejó el rancho que comenzaba a servirse, de una gran paila y corrió a coger las
armas que tenían delante, formando pabellones.
Rompieron enseguida, el fuego sobre nosotros y comenzó decidídamente el
ataque, atrincherados ellos en la pared, de más de un metro de alto, del
panteón. Media hora después, se hallaban
flanqueados, por la izquierda, por los nuestros y entonces, abandonando a
escape la trinchera, se metieron dentro de las casas. Nosotros encendimos los techos de las casas,
que eran de paja y siguió el fuego de fusil contra los que estaban dentro de la
capilla que lo tenía de zinc, hasta que apoyado éste, ya cerrando la noche,
vimos que huían aquellos 15 o 20, que como he dicho antes, se nos
escaparon. De notarse es que tan pronto
como los chilenos abandonaron la trinchera, aturdidos por nuestros gritos y el
fuego que se hacía de todas partes, nosotros tomamos los rifles y municiones de
sus muertos, y ha sido con esos proyectiles con los que se hizo fuego que duró
más de una hora, pues sin ellos no habríamos podido continuar el combate
después de media hora. La noche que pernoctamos en “Ocsamachay”, cayó sobre
nosotros un poco de nieve la que continuaba cayendo terminado el combate. No habíamos comido nada durante más de 24
horas y como ya teníamos tomados al enemigo 70 y tantos rifles, mayor número
aún de caballitos serranos y no teníamos para que continuar recibiendo agua,
conforme he dicho antes, conduciendo a nuestros muertos y heridos, volvimos a
subir la cordillera y bajar hacia Canta, a donde llegamos al día
siguiente. En ese mismo hecho de armas,
se tomó dos banderas pequeñas: una chilena que conserva el doctor Ignacio Bao,
cuyo hijo el malogrado Hermógenes, fue uno de los combatientes, y otra peruana
que sin duda cargaba el enemigo para enseñarnos en ciertas ocasiones.
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